19 feb. 2017

Misiva 2



Querido Milo,

La tarde se había pintado de naranja. El cielo combinaba fácilmente con el vacío en mi pecho. Mi madre me había dicho “Cuídate mucho” como todos los días que yo salía de mi casa diciendo que iría a estudiar, pero era mentira. “Cuídate mucho y que dios te bendiga”, me dijo también esa tarde. Sus palabras eran muy grandes, más grandes que el cielo mismo. Lamentablemente yo ya había dejado de creer en un dios hace mucho y ya había vivido cosas que jamás pasarían, ni pasarán por la mente de mi madre.

Cuando era niño y hacía o pensaba en cosas malas, huía siempre de la mirada de mis padres. De alguna forma creía que ellos podían leer mi mente con mirarme a los ojos. Tenía pavor de que, un día, me dijeran que sabían lo que estaba pensando; entonces, sabrían que era alguien malo. Viví gran parte de mi infancia así.

Esa tarde, había salido igual que todas las tardes. Ya no tenía miedo de ellos. Simplemente sentía que el poder estaba en mis manos, el poder de hacer y deshacer lo que quería. ¿Cómo llenas una vida vacía cuando eres tan joven? ¿Cómo consigues que alguien te diga “estoy aquí, contigo” cuando a nadie le importa más que sus propios problemas? Yo creía que me amaba mucho a mí mismo y que, por eso, tenía el control de lo que hacía. Sin embargo, siempre estuve muerto por dentro y era por eso que solía regalarle partes de mi a las personas tan fácilmente para vivir una fantasía. Esa tarde iba a hacer lo mismo que todas las tardes pintadas de naranja, iba a vivir más fantasías de mi vida vacía.

Conocí entonces a alguien más vacío y joven que yo en una de esas tardes de adolescente. Él había pasado las barreras ya del respeto a su propio cuerpo para hacerse daño físico mucho antes de conocerme. “El dolor se convierte en placer, Gus” me dijo un día en el que me contó muy orgulloso que practicaba el rage fisting. Debo decir que a pesar de que mi vida ya era sucia y desordenada, nunca había escuchado sobre lo que era aquello. Entonces, cuando aprendí, entendí, sentí miedo y luego tristeza. Existen personas que cargan demonios encima y que pueden sonreírte en el supermercado, pueden quedar contigo para hacer un trabajo de clase, o pueden ser personas que crees conocer toda tu vida pero de las que no sabes nada, como mis padres conmigo.

“¿Por qué lo haces? Yo jamás podría”, le decía. Me contó sus razones. Eran muchas, y tardé mucho tiempo en procesar aquello. Cuando lo hice, él ya era mi amigo y yo lo amaba. Creo que llegas a amar a alguien cuando aceptas que no es perfecto y conoces lo que su alma esconde, cuando compartes tiempo y conversaciones largas sobre cosas profundas, cuando te escabulles en la parte obscura de su cerebro y puedes conocer sus temores, deseos y frustraciones. Nunca le dije que lo amaba, pero siempre lo demostré.

El día que comenzamos a besarnos, dijimos que no podíamos ser novios por todas las razones que teníamos. Cuando él practicaba el fisting, me contaba y reíamos, bromeábamos hablando sobre todo lo que podría caber ahí, y era lo más normal del mundo. En el fondo yo sabía que estaba mal, que era la vida vacía que no podía llenar, pero ¿qué importaba? Él ya me tenía a mí. Dos vacíos se anulaban.

Luego todo comenzó. Solíamos masturbarnos juntos en lugares públicos, en parques, en la playa, en el cine. Nos veníamos juntos y luego corríamos por el lugar y nos reíamos. Esa era mi versión borrosa de la felicidad. Cuando comparábamos el tamaño de nuestros penes o cuando les dábamos puntajes a los chicos que veíamos caminar por la calle pensando en cuán “follable” estaban. Venirme en su boca era como ver fuegos artificiales en el cielo más obscuro, hacernos cosquillas o rozar nuestros dedos era como acariciar a un gatito que recién aprendía a ronronear más fuerte.

Por más que creemos conocer a alguien, siempre hay algo más. Siempre hay más y este fue el caso. Nunca lo hubiera creído, pero él tenía un novio. UN NOVIO. Él tenía un novio que no sabía que yo existía, ni yo sabía de la existencia de él; y un buen día, se le desmoronó la casa de cartas que había construido a expensa nuestra. ¿Sabes qué pasó entonces? Me eliminó de su vida sin darme la oportunidad de siquiera despedirme. Desapareció del mundo, me lanzó lejos, corrió tan rápido que jamás tuve oportunidad de alcanzarlo corriendo. Nunca pude decirle que me iba a hacer mucha falta en los días por venir. Nunca pude decirle que lo amaba, y aunque ahora a veces creo que en verdad nunca lo amé en todo el sentido, sino que fue la persona que se quedó un rato a acompañarme en mi soledad, nunca pude ver sus ojos otra vez.

Sufrí mucho, dolió en el pecho, pero me tragué el dolor. ¿Sabes cómo puedes superar la ausencia de alguien? Matándolo. Cuando matas a alguien en el pecho y en tu cabeza sólo quedan los recuerdos buenos, y aunque extrañas a esa persona, sabes que no volverá porque los muertos no vuelven a la vida. Entonces lo guardas, hasta que un día, el que menos te esperas, sin darte cuenta, el dolor se va volando lejos y ya no queda nada. Entonces el dolor te es indiferente, ya no duele, lo sabes.

Después de mucho tiempo aprendí a la fuerza a llenar mi vida vacía. Conocí a personas buenas, a las que amé de verdad y luego las perdí. Ya maté a todas esas personas, ya las dejé ir también. Hoy tengo 25 años y han pasado los años tan rápido como avanza el segundero de un reloj. Tengo el corazón y el alma curtidos y las emociones que antes eran caballos indomables que galopaban sin sentido, ahora son equinos cansados que ya saben quedarse quietos cuando deben.

Yo sé que sufres ahora, pero te prometo que no será eterno. A veces, para volver a plantar, debemos arrancar de raíz lo que estorba, lo que no produce. La juventud es una oportunidad que llega rápido y se va. No tienes que vivir una juventud vacía. Si hay algo que aprendí es que lo que duele ahora, no duele para siempre y que los sueños rotos, pueden reemplazarse por sueños realizables. Después de mis noches de sufrimiento, me negué a seguir haciéndolo. No tenemos derecho a sufrir cuando el dolor no es lo suficientemente grande.

Un día de tristeza y soledad, vi un vídeo en Internet. El vídeo era una grabación de una madre que había perdido a su único hijo a manos de un terrorista. Ella le suplicaba al terrorista en su lengua que le dijera el porqué. ¿Por qué mató a su hijo inocente? ¿Por qué no la mató a ella? ¿Por qué tuvo que quitarle lo único que le quedaba? ¿Por qué la muerte era absoluta? Le decía que con alegría y sin quejarse ella pudo haberle dado sus brazos, sus propias piernas, su lengua, su cabeza, su vida, a cambio de la vida de su hijo. Él ya no volvería. ¿Por qué? ¿Por qué tuvo que quitárselo?

¿Lo ves? Nosotros estamos vivos y aún mientras vivamos, todos tenemos esperanza. Tenemos esperanza de reír, de conocer el mundo que aún no conocemos, esperanza de ser mejores, o quizás de equivocarnos y volver a aprender. Hemos aprendido mucho, querido Milo.

“Ya vas a ver cómo van sanando poco a poco tus heridas.”

26 ago. 2016

Misiva



Querido Milo,

He buscado escribirte desde hace varios días. Quizás fueron un par de semanas, para ser honesto. La verdad es que no encontraba un buen motivo para hacerlo sin parecer alguien con “ese” tipo de intenciones. ¿Me entiendes?

Estaba pensando en una excusa, hasta que recibí tu mensaje. Me tomó por sorpresa ya que estaba en el trabajo; sin embargo, me alegra mucho ya que también necesitaba hablar y estoy harto de hablarle a la misma gente. Todos conocen de mí cosas inexactas y ambiguas, y siento que cuando me miran, pueden leerme como en uno de esos libros de muestra que ponen en los supermercados porque alguien rompió el empaque para ver el contenido y no quiso pagar por él. No te asustes. A veces hago esto, mis ejemplos son poco comunes. Si me escribiste porque tienes intenciones de ser mi amigo y quedarte, te darás cuenta. Eso te advierto.

Bueno, esta semana me preguntaba el porqué de las personas que me buscan cuando tienen problemas. Me buscan para pedirme consejos aún sin ser mis amigos. No lo entiendo, y a veces es molesto. Es algo que me toma por sorpresa también, como si yo no tuviera ya muchas cosas con las que lidiar. Digo esto con una sonrisa de burla. Pensando en los porqués, se me ha ocurrido un sinfín de posibles motivos, si puedo decirte. Ninguno es convincente, de hecho. Pero, algo es algo, ¿no? Sinceramente, lo mejor que he pensado es algo que tiene que ver con lo viejo que me veo o mi signo zodiacal. Seguro proyecto una imagen confiable y amigable, de alguien con experiencia en resolución de conflictos. Já, me vuelvo a reír.

Estoy echándolo a perder, ¿no? No quiero que por esto creas que debes echar lejos tus ganas de confiar en mí, si las tienes. A pesar de todo, siempre he creído en la bondad de los extraños, y en el momento en el que te vi ahí parado hablando con la chica de las rosas, tan despreocupado, con tus zapatos brillantes y tus jeans negros pensé que quizás eras bueno. No me preguntes cómo unos jeans o unos zapatos podrían decirme algo de ti. No lo sé, pero también movías las manos y mirabas hacia a mí y al grupo de vez en cuando. Bueno, lo mejor es que sólo aceptes como un hecho el que tengo el súper poder de ver algo especial en algunas personas. Sólo imagina eso. Soy alguien muy perceptivo.

¿Sabes algo? En otro momento de mi vida te hubiera preguntado cómo conseguiste adivinar mis gustos musicales con tanta precisión. Eso me sorprendió. Ahora me conformo con la respuesta que inventaste. No me odies, pero sé cuándo me mienten también. Aun así, estoy impresionado, y creo que por eso voy a ayudarte; pero antes de eso, vas a tener que ser mi amigo y escucharme también. Una por otra. Es justo, ¿no?

No es por alardear, pero lo que te está pasando, me ha pasado ya. Ya dicen que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Soy viejo.

Antes de comenzar y brindarte mi ayuda, empero, quiero que leas un poco sobre Damien Rice y Lisa Hannigan. Quizás te preguntes quiénes son ellos o qué tienen ellos que ver con todo esto. No obstante, déjame decirte que cuando te vea lo próxima vez, sabrás que era de suma importancia. Ahora, haz tu tarea, y te veo el domingo. Trae Pringles de Sour Cream and Onion, que son mis favoritos.

Un abrazo,

Gus