6 ene. 2014

Sobrellevar.



Siempre he dicho que las personas tenemos distintas maneras de lidiar con la tristeza, la pérdida y el dolor que deja una ruptura. Depende mucho del tiempo, de la entrega, de los lazos creados, y de la manera en que se dan las cosas. Hay personas que nunca lo superan, hay gente que vive con ello toda la vida, pensando en el qué hubiera pasado si, pensando aún en la posibilidad de remediar lo que casi siempre es irremediable.


Ayer por la noche caminaba para tomar el bus que me llevaría a mi casa. Había dejado a mi novio después de haber ido al cine. Me puse los audífonos y a todo volumen escuchaba una canción de Alanis. Yo siempre soy distraído. No presto atención a la gente que pasa  alrededor.  

Hacía algo de frío y como era tarde ya, caminaba rápido para ir a casa. Mi madre siempre muestra descontento al verme llegar tarde. No me gusta preocuparla, siempre pienso en eso. Hay muchas otras cosas en las que siempre pienso también cuando camino, como en los insectos que se mimetizan, en mi trabajo, en la infinidad de canciones nuevas que descubro en internet y en los libros que tengo en casa y que no he leído aún. Yo casi nunca pienso en las casualidades de la vida, en las coincidencias de encontrarte en una calle con un viejo amigo, aun sabiendo que es probable que así pase en determinada avenida o a determinada hora. Yo no pienso en eso, pero al llegar a una esquina anoche, antes de cruzar al paradero, lo vi.

Uno nunca está preparado para eso, aunque te haya pasado antes. No sabes si voltear y caminar regresando como un idiota con pasos de robot o con piernas entumecidas, o si correr y abrazarlo, darle la mano al menos, como si nada nunca hubiera pasado, preguntar por su madre o cómo está la familia. Como si sus vidas nunca se hubieran unido a cierto punto, grado o matiz. Uno nunca sabe qué hacer.

Cuando estaba con mi ex, la mayor parte del tiempo fue un sueño. Recuerdo innumerables momentos de felicidad que se extendía por horas, días, semanas, meses. Estuvimos juntos alrededor de tres años y lo amé y él me amó hasta tiempo después de terminar lo que tuvimos. Cuando se ama, se hacen promesas. Se hacen juramentos y sacrificios para agradar al otro. Ambos lo hicimos. Vivimos tanto, lo bueno, lo malo, lo triste. Esas cosas nunca se olvidan. Cuando amas nunca olvidas, así que es mentira todo lo que se haya dicho después de una ruptura. Más aún cuando se pasa años juntos.

Nosotros nos hicimos daño, también. Daño innecesario, ese tipo de daño que te haría odiar, correr y llorar en un bus lleno de gente sin poder hablar, atorándote con tu propia saliva. Daño que te hace querer desaparecer y no ver porque duele. Ese es el tipo de daño que destruye relaciones largas y sólidas, creo. Yo lo he perdonado, sin embargo. Él no.

Las últimas veces que intenté acercarme a él, se rehusó. Me dijo que era fácil para mi intentar ser amigos porque yo ya estaba curado y él no. Porque yo ya tenía a alguien a mi lado y que siempre es fácil para el que continúa, pensar que él otro puede hacerlo tan bien como él. Me quedé con ganas de decirle muchas cosas. Yo detesto la gente que se victimiza, pero no tengo derecho porque yo también solía hacerlo a su lado.

Al verlo ahí en el paradero, reconocí inmediatamente su espalda, sus hombros y sus risos. Yo lo amaba. Y ahora, simplemente, no. Eso asusta.  Me gustaría ser su amigo, pero él ha cortado posibilidades. Él no quiere y es injusto para mí, pero justo para él.

 No me vio, eso quiero pensar. Caminé por su lado. Él tenía audífonos también y como distraído lo recuerdo, ha de haber estado sumergido en su mundo, ha de haber olvidado quién yo era, ni siquiera ha de haber estado pensando en que yo había existido antes, como sucede conmigo cuando vivo mi rutina. No pienso en él. Y no creo que él recuerde mi antigua forma de caminar, mi antiguo corte de cabello, la forma de vestir, y esas cosas estúpidas que no han cambiado en él, así como lo vi. A veces lo odio. Lo odio por no querer ser mi amigo. Odio su manera de lidiar con la ruptura después de haber pasado ya tiempo. Lo odio también por haberme dejado ir, pero no me odio a mí por haberme ido. No hubiera funcionado. No con él.

A veces no entendemos muchas cosas. No entendemos los porqués. Eso de caminar en una dirección por mucho tiempo y luego regresar por el mismo camino aun creyendo que estamos mal, que no debemos regresar. A veces siento cólera. Siento cólera de haber gastado el tiempo, haber gastado su tiempo. La vida es extraña. Caminé de frente y sin voltear, corrí, me subí al primer bus, y le subí el volumen al reproductor. Ya no le rogaré por ser su amigo. Adiós Alexander.




4 comentarios:

Bruno Fernández de Córdova Jáuregui dijo...

Recién lo leo. Solo diré: estoy en la chamba llorando. Lindo post. No dejes de escribir.

Caƒeιnomana dijo...

Después de haber amado tanto, suele suceder que luego odias todo eso que pasaste y el tiempo que -según tu- desperdiciaste.

Dale tiempo, quizás aun no es momento de ser amigos, hay heridas que tardar de cerrar en otras personas, más que en nosotros.

*Luna* dijo...

A veces, aunque suene infantil y/o innecesario, es necesario borrar, quemar y olvidar que esa parte de tu vida paso, por el bien de uno o de ambos. :).

_luco_ dijo...

Creo que me sentí muy identificado con este post, pero desde el otro lado.

No creo que exista odio, simplemente a veces debemos de alejarnos de situaciones que pueden hacer sentir dolor. Tu ya lo pasaste, te enamoraste de nuevo y estás siguiendo tu vida, déjalo ahora que el se tome su tiempo y sane sus heridas.