10 ago. 2015

Miedos Inusuales (#1)

Cuando tenía siete años y no iba al colegio, acompañaba a mi mamá al mercado. Siempre jugaba solo, recolectando diferentes tipos de legumbres en todos los puestos que visitábamos. Imaginaba que en un futuro habría una catástrofe en la que la hambruna mundial mataba a todos. Por eso, debía guardar mi reserva de semillas y comenzar junto a mi familia una granja con hectáreas llenas de legumbres. Y así, imaginando y divagando, pasaba las horas que llevaba el acompañar a mi mamá, robando y sumergiendo los dedos en costalillos de papel, rafia o yute abiertos. Cuando mi madre se paraba a escoger los vegetales que compraría, yo solía escuchar lo que la gente hablaba. No era que me interesara en lo absoluto. Muchas veces sufría de aburrimiento cuando moría de ganas de ir a otro puesto para llenarme los bolsillos de frijoles, lentejas, habas o arvejas.

Una vez, sin embargo, escuché a una mujer mayor en el mercado decirle a otra algo muy interesante que llamó mi atención. Ella le contaba horrorizada que su nieto tenía parásitos intestinales por descuido de su nuera. Le advertía también de cuidarse, diciéndole muy seria cómo sus mascotas le habían contagiado al besarlas o dejarse lamer por sus perros en la cara.
El punto es que la historia habría pasado desapercibida por mi si no hubiera sido por un detalle que mis oídos jóvenes y curiosos lograron atrapar en un momento. Muy explícita ella le contaba cómo una lombriz intestinal había salido por la nariz de su nieto mientras este dormía.

Jamás sabré si aquello fue verdad. Cuando yo me había detenido a oír, mi madre ya había pagado el precio de los tomates y teníamos que ir a comprar la carne. Lo cierto es que desde aquel día, viví horrorizado. Pensaba en lo terrible que debía ser para un niño tener que lidiar con animales saliendo de su cuerpo, abriéndose camino desde sus entrañas para salir por sus fosas nasales y respirar un poco de aire. Mi mente fantaseaba a mil con ello y mientras más lo pensaba, más horror me daba. Aún ahora después de muchos años, le tengo pavor a los animales callejeros, infestados de parásitos y quién sabe de qué más. Hasta ahora soy reacio a acariciar gatos o perros y no sentir ese mismo miedo extraño que sentí cuando era niño y escuché a la mujer hablar.
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Cuando era niño, también, escuchaba a todos hablar del Fenómeno del Niño y los desastres que este traía. Los noticieros hablaban de ello, los periódicos hablaban de ello y todo era tan lejano para mi como lo son ahora los conflictos internacionales para mi hermano menor. Había lluvias, desbordes, el clima estaba loco, pero yo vivía en mi mundo. Pensaba entonces que el Perú era gigante y que Piura y el norte estaban tan lejos que los desastres jamás llegarían hasta aquí. Total, vivíamos en Lima, y Lima es una ciudad grande en la que nunca podía haber desastres como esos.

Una tarde, cuando salía a comprar a la bodega con mi prima, comenzó a llover de momento a otro. Las gotas caían y sonaban en la vereda, los niños jugaban bajo el agua mojándose. Era verano y hacía calor. Lo extraño, sin embargo, era que esta lluvia era diferente a todas las que yo había visto antes. El sol brillaba fuerte, no había casi nubes, pero llovía y eso era inusual. Y la verdad es que llovía con gotas muy grandes.

Siempre curioso, le pregunté a mi tía por qué sucedía esto. Ella me dijo que era el Fenómeno del Niño que nos había alcanzado. Horrorizado, me quedé mudo. Tuve mucho miedo, un miedo que no me dejaba hablar y solo sonreía. Era un niño. Sentado junto a la ventana del tercer piso de la casa de mi abuela, esperé a que la lluvia parara. Y paró. La verdad no había durado mucho, pero yo sabía que las cosas no serían lo mismo desde entonces. Durante los meses siguientes, le tuve mucho miedo a la lluvia. En mi cabeza imaginaba que el Fenómeno del Niño podía ser como el diluvio bíblico. Cuando llovía, imaginaba que estaba lloviendo en todo el Perú. Mi imaginación me decía que mi patio se inundaría, que mi familia moriría ahogada y que un día, nunca más dejaría de llover.

Los días que acompañaba a mi mamá al mercado, veía que
vendían pescados enormes. Mi madre decía que los pescados de carne blanca y de aguas calientes estaban a precios cómodos ahora. En mi mente me preguntaba cuándo esto acabaría. Detestaba cuando la gente hablaba muy feliz sobre el toyo, o el perico, o sobre los platos que cocinarían con los langostinos que abundaban.


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En 1997, el ingeniero Christian Gritzner, del Centro Aeroespacial Alemán, calculó las posibilidades de que a una persona le caiga un meteorito en la cabeza. Según él, la posibilidad individual de que ocurra es de una entre 174 000 000. No tengo idea de en qué haya basado sus cálculos, pero lo que sí sé es que desde que yo era pequeño y puedo recordar, de los miedo más absurdos, éste es el que más pavor causaba en mi y estuvo presente por mucho tiempo.

A pesar de que me había asegurado a mi mismo de que muchos de mis miedos no tenían sentido y mis padres me habían convencido de que yo no tenía parásitos, o que nunca podía llover eternamente, había algo que jamás podrían asegurarme y eso era que ningún cuerpo celeste podría colisionar con el planeta. Mi abuela decía que dios no dejaría que nada malo le pase a su creación. Yo pensaba en la inmensidad del cielo sin haber sido observado aún. Pero mi temor iba más allá de eso y se construía aún más absurdo. Por mucho tiempo creí que un meteorito podía caer y destruir solamente mi casa, o peor, podía caerle encima a mi mamá o papá.

Había visto en televisión la historia de un muchacho al que le había caído una pequeña roca desde el cielo. La roca venía del espacio, era un meteorito. En el programa de televisión decían que muchos meteoritos y rocas caían diariamente a la Tierra. Muchos de ellos eran muy pequeños que se deshacían con tan solo entrar en contacto con la atmósfera del planeta. Sin embargo, había sucedido. Era real.

Es increíble como trabaja la mente y la imaginación de los niños.En la mía se creaban imágenes apocalípticas y de destrucción. Soñaba con olas gigantes que golpeaban edificios de los cuales yo colgaba y luchaba contra la corriente para no ser llevado. Creía que dios me miraba satisfecho desde el cielo, lanzándome rocas y enviándome diluvios. Yo era un niño despierto y curioso, pero también temía y vivía asustado. A mi no me asustaban los payasos, o los secuestradores. No tenía miedo de quedarme solo o quedarme en la obscuridad. Cuando era niño, yo tenía otros miedos y estos eran mis miedo inusuales.

4 comentarios:

Gary Rivera dijo...

Es bueno que sea gratis!

Yo también tuve miedos absurdos!
Pero recuerdo uno con mucha nitidez, Yo tendría unos 9 años y fue una ocasión donde la luna se acerco muchísimo a la tierra todos hablaban de aquello en las noticias y esa noche salimos a cenar a la calle y cuando caminábamos veía la luna inmensa y amarillenta, no lejana y blanca como usualmente la vemos, parecía que podía tocarse.
Yo pensaba que de acercarse tanto se iba a caer sobre nosotros.

Beceza Del Mal dijo...

Yo una vez encontré a mi mamá durmiendo sola y me asusté porque no vi a mi papá con ella; le pregunté -Mamá ¿donde está mi papá? a lo que ella respondió automática, aunque algo virola, -¿Papá? ¿que papá? Tu no tienes papá. Mi vieja ha sido sonámbula de toda la vida, pero eso no se me pasó por la cabeza; en lugar de ello, di media vuelta y salí corriendo de su cuarto, horrorizada por el pensamiento de que nunca tuve papá y que todo había sido un simple producto de mi imaginación. Recorrí toda la casa, angustiada, hasta que finalmente encontré a mi papá abajo, en la sala, muy alegre, viendo televisión.

A veces pienso que en algún momento voy a despertar y descubrir que todo todo todo me lo había imaginado. También pensaba, y hasta ahora, cuando estoy muy desocupada, pienso que en realidad ya estoy muerta y solo estoy re-caminando mis pasos.

Jesús M dijo...

En el colegio, tanto escuché hablar del año 2000,
y que sería el fin del mundo, sequías, hambruna mundial y tal,
que vivía aterrorizado, no quería que llegará esa fecha,
y al igual que tu recolectaba legumbres y los guardaba
para así poder alimentar a mi familia cuando llegará el fin del mundo.
JAJAJAJA ahora me da vergüenza contarlo XD

saludos Gus ,)

Evy~ dijo...

Recuerdo que en el 2000 se proclamaba mucho el fin del mundo. Me la pase debajo de mi mesa llorando porque creia que el mundo iba a acabar.. y para colmo de todo a TNT no se le ocurrió mejor idea que pasar una pelicula del fin del mundo donde era tipo un noticiero que iba informando como se destruia la tierra y me la crei.. vergüenza total jaja