7 dic. 2015

Cómo sentirse seguro


Huir. Huir de lo que debe hacerse.
Dejar que el tiempo pase dibujando en la mente la idea de que cuando los días importantes lleguen, atropellen, golpeen y se vayan, el tiempo se congelará quizás y podré atraparlo. Será como una pausa, como una zona de confort permanente.

Es una estúpida idea.

No me gusta que el tiempo pase. No me gusta porque me hago viejo y no he conseguido nada de lo que quiero aún. Sin embargo, que el tiempo pase es a lo que me sujeto ahora. Siempre, desde que tengo conciencia de que ya no soy un niño, he visto hacia al pasado para sentirme bien, o al menos mejor de como me siento en el presente. Recuerdo cosas de cuando tenía siete u ocho años y me sentía seguro al lado de mi madre, haciéndole preguntas, viendo películas con ella, viendo series, echados en su cama cuando mi papá estaba en el trabajo y no llegaba hasta después de las once. Me emocionaba sobremanera cuando mi madre, me miraba y me comentaba sobre las escenas que veíamos en la pantalla. Yo era un niño, pero ella fingía que era un adulto y me hablaba con naturalidad sobre dramas y otras cosas.


Vienen esos recuerdos a mi mente y me siento seguro. ¿A todos nos gusta sentirnos seguros? Yo creo que sí. Una vez un profesor me explicó el porqué a muchos jóvenes de esta generación les gusta tanto el reggaetón. Me dijo que el beat de la música entraba por nuestros oídos hasta nuestro subconsciente trayendo a nuestra mente la seguridad que habíamos sentido estando en el vientre materno y oyendo los latidos del corazón de nuestra madre cuando aún nuestro cuerpo se formaba. Quizás sea cierto. No lo sé. A mi el reggaetón no me hace sentir seguro. Ahora sólo tiene el significado que yo le he dado y no es nada agradable. De niño me gustaba la música de la guitarra. Mi primo la tocaba y yo solía escucharlo en silencio.


Ojalá el tiempo pudiera manejarse a placer. Ahora sólo recuerdo. Recuerdo que a esa edad quería desesperadamente también que el tiempo pase y tener ya dieciocho. Quería tener una barba como la de mi papá, usar desodorante, tener dinero, ser importante. Mi papá no era importante, pero yo pensaba que lo era entonces. Mi imaginación volaba muchas veces, pensando que cuando sería adulto tendría muchas cosas, pero sobre todo, tendría muchas jaulas de aves. Me gustaba mucho las aves.


Una vez mi mamá me compró un diccionario ilustrado en el que habían dibujadas muchas aves. No tenían color, eran solamente dibujos junto al nombre. En una de las páginas, estaba escrito: Aves zancudas. 
Yo era muy inteligente entonces como para pensar que aquellas aves tenían que ver o estaban relacionadas en algo con aquellos insectos. Dentro del grupo de dibujos había un ave de pico largo, jorobada, de patas largas como todas las demás que allí aparecían. Pero ésta era algo diferente, algo fea. Aunque no había color, podía claramente ver que sus plumas tenían que ser opacas y oscuras. Marabú Africano, se leía en letras cursivas y pequeñas al costado. Marabú; sonaba bien. Podría ser un nombre importante quizás.

Pero yo, como siempre había hecho desde pequeño al encontrar algo con lo que me sentía identificado, lo imaginé feroz y malvado, al lado de las otras aves que acompañaban el dibujo con flamencos, cigüeñas y otras de patas largas que se veía alegres y dóciles. Una vez vi en televisión que los flamencos eran rosados. Me rehusé a pensar que los marabús serían así de ridículos. Si ellos eran como yo, no podían ser rosa. No quiero decir con esto que yo pensaba ser un niño malo, ni mucho menos feroz. El marabú fue mi primer animal favorito de pequeño. Era por eso que lo quería diferente.

En tercer año de primaria, en clase de comunicación, la profesora nos había hecho escribir una historia sobre un animal salvaje. Mi compañero de clases, Rony, que se sentaba al lado mio y le gustaba siempre pintar con marcadores de colores, había elegido a un papagayo y lo había dibujado grande de color rojo, ojos verdes y pico negro. Había dibujado un borde blanco alrededor y lo había cortado para pegarlo como una pestaña que flotaba cuando abría su cuaderno en la página de su historia. Nunca leí lo que escribió. Seguro su historia no era mejor que la mía, pero su idea me puso muy molesto por habérsele ocurrido a él y no primero a mi.

Puede sonar como una historia de rencor o envidia ahora, pero recordar esto me transporta a mi zona segura, a esos días en los que mi preocupación mayor era imaginar cómo hacía el marabú y cuán grande eran sus alas. Quizás era carroñero y silencioso. Quizás gritaba como un cuervo. Mi mente viajaba hasta el África y volaba junto a un ave de cuello desnudo y pico largo. Eso me hacía sentir seguro.


Muchas cosas me daban seguridad de pequeño aparte de mi madre y de llenar mi cabeza de ideas. Una de esas cosas era pasar desapercibido sin llamar la atención entre los niños del patio a la hora del recreo. A veces me paraba en un punto y observaba al resto sabiéndolos todos iguales, mezclado entre ellos, usando un uniforme. La mayoría de ellos no sabía quién era yo. Todos éramos una masa que se movía; desde arriba éramos como las hormigas dispersas que han perdido el orden y corren hacia todos lados. Yo me movía como ellos, jugaba como ellos, decía las mismas cosas. Pero a diferencia de ellos, tenía conciencia de aquello. Sabía que en el caso de una bomba los cuerpos de ellos serían escudos, o si terroristas venían a acribillarnos, me podría hacer el muerto entre los cadáveres regados. Nadie me veía, nadie podría secuestrarme. Elegirían a alguno de ellos muchas veces antes de llegar a mi. Eso era bueno. Mi cama solitaria y silenciosa en un feriado que pasaba lento, las mañanas azules cuando todos dormían aún, todo eso era bueno. Nadie pensaba en mi. Podía ser invisible y serlo me daba seguridad.

¿Cómo sentirme seguro ahora? Ya no soy un niño y ver hacia el pasado no evita que el tiempo avance. Ya no soy invisible en una masa de alumnos. Mi madre ya no me habla de escenas de películas y la rutina me obliga a salir de mi cama donde el tiempo pasa lento. Hace mucho dejé de pensar en que soy un marabú. Tan pronto tuve acceso a Internet descubrí que ellos eran carroñeros y no eran tan especiales ni diferentes a los buitres o gallinazos. Dejé de pensar en ellos hace tiempo. Encontré al lobo de estepa en la secundaria y los dejé como muchas cosas que he dejado para recordarlas una vez en mucho tiempo.

¿Cómo sentirme seguro? Quisiera responder desde que he vuelto a estar aquí, solo. Miro hacia la silla azul frente al ascensor y me siento perdido. No me gusta que el tiempo pase. Sin embargo, que el tiempo pase es a lo que me sujeto ahora.


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Nota1: He decidido volver al blog. Volver de verdad.
Nota 2: La primera foto del árbol me gusta mucho porque la tomé yo. Al igual que la última de "Zona de Seguridad" que es una que tomé en el año 2013 con un celular que ya no tengo.


2 comentarios:

Alex dijo...

Dices que ahora de adulto ya no eres invisible, pero, pero, pero en tu perfil, tu mismo te declaras "un ácaro invisible". No es esa una contradicción?

Acabo de descubrir tu blog y coincidimos en muchos gustos musicales. Ya tienes un nuevo seguidor...

Gus dijo...

Alex, tienes razón. No me había percatado de mi descripción en el perfil. Era algo antiguo. Las cosas han cambiado ahora. Ya lo actualicé. Gracias por leerme. :)