14 jul. 2016

Morir (fragmento)

No quisiera morir nunca. A veces cuando estoy solo imagino cómo se vería mi habitación si yo muriera. La imagino sin mí en ella, la imagino ocupada por alguien más, o llena de cosas mías que se llenarían de polvo y ácaros porque nadie querría entrar siquiera a limpiar por pena. Me gusta mi cama con la cabecera negra y mis fotos en la puerta del armario. Cuando veo las sonrisas, sonrío. A veces me siento triste al verlas, pero no está mal, porque en serio he tenido momentos en los que no he sentido nada, y sentir tristeza, te aseguro, es mejor a no sentir nada. Entonces pienso, y vuelvo a ver las fotos. Las puse ahí hace poco. No quiero que en algún momento alguien las quite. Tampoco quiero que alguien las vea y sienta pena. No quiero que mis libros se apolillen y mi ropa se haga vieja ahí colgada. No quisiera morir nunca.
Siempre pienso en la muerte cuando estoy solo. ¿Tú no? Podría pelear con mi madre en la mañana porque no quise tomar el jugo de papaya del desayuno y salir sin despedirme. Podría morir camino al trabajo atropellado por alguien que se pasó la luz roja, podrían dispararme en la cabeza por oponer resistencia a un robo, o podría morir entre los fierros retorcidos de un taxi que se estrelló en el túnel que pasa por debajo del óvalo Higuereta o el corredor de Evitamiento.
Si yo muriera ahora, sin embargo, dejaría a mi madre sola y es lo único que ocupa mi mente siempre que pienso en la muerte. Antes solía pensar en que si mi madre muriera, yo no lo soportaría. Temía, de pequeño, tan solo concebir tan horrenda idea, desechando de inmediato tal pensamiento como lo más aberrante que mi mente podía imaginar. Tenía miedo, moría de miedo. Mi madre tenía que morir después que yo. Así debía ser. Sin embargo, ahora de adulto pienso distinto, y en mi cabeza no puedo concebir la imagen de dejarla sola.
Existe un orden natural de las cosas. Los hijos entierran a sus padres, no los padres a los hijos. Así es como debe de ser. Así ha sido siempre. Hace un par de meses, mi abuela falleció. Yo estaba en casa cuando mi mamá recibió la noticia por teléfono. La abracé mientras ella lloraba. Me sentí miserable, insignificante y sin palabras al lado de ella. No podía hacer nada, solo abrazarla, y mi abrazo no era suficiente para aliviar el dolor. Mi abrazo era todo lo que yo tenía, y no servía. Me sentí desgraciado. Mi madre es lo único que tengo y tendré jamás. Ella tiene cuatro hijos. Quizás si los cuatro la hubiéramos abrazado a la vez en ese momento, hubiéramos hecho la diferencia. Quizás hubiera sumado, quizás hubiera significado algo fuerte. Quizás no.
(Continúa)

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