25 ene 2020

8%


Son las 23:00 y ya soy libre. Ya no tengo que reir y fingir que la vida de personas que no conozco me importan. Puedo caminar y escuchar el sonido de las cigarras y los grillos. Puedo pensar en lo que nadie más piensa, en la humedad, en los insectos por la noche. Puedo cerrar los ojos y perderme en mis pensamientos. Puedo recordar también, y estar sentado aquí otra vez, en esta banca en la que me viste contener el llanto, en la que te conté de este peso de dos años.

Puedo cerrar los ojos y estar sentado aquí ahora, en esta escalera hacia la playa en la que te besé por primera vez, acomodé tu cabello después de mojar mi bota con las olas impredecibles de la noche, riendo. Estoy sentado, solo ahora, en esta loma en la oscuridad, recordando cómo tomé con mis manos tu cintura y froté mi barba contra la pelusa de tu mejilla. Olí tu cabello y quise que ese olor me acompañe por más tiempo. Recuerdo al gatito que vimos. Recuerdo tus gestos, tu forma de hablarme. Recuerdo tus cejas. Camino, y quiero recordar más. Ahora, en mi mente, estoy contigo en estas rocas frente al mar donde te abracé por la espalda y, sentados, vimos las luces en el cielo volar. Dijimos que eran aves. Y dijimos que no eran, y luego que sí otra vez. Tu cabeza estaba en mi pecho; tu respiración y mis latidos se entendían. Todo se sentía bien, ¿no? ¿Tú lo sentiste también?

Me detengo. Siento la nostalgia nacer en mi abdomen y crecer en mi tórax. No lo soporto. Quiero gritar tu nombre en la oscuridad. Pienso y miro mis manos. Imagino tus dedos delgados en mi mano. Recuerdo cómo besé tu estómago en esa banca frente al mar. Pienso. Nos hubieramos quedado en esa playa un poco más de tiempo, cejitas. Tenía las manos llenas de olor a hierro por tocar la baranda oxidada.

Dijiste, "¿Qué quieres hacer? ¿Ahora qué hacemos?"  Pues, te hubiera besado un poco más. Hubiera caminado de la mano contigo. Hubiera pedido que te subas a mi espalda. Hubiera mirado tus ojos y acomodado tu cabello más veces. Lo hubiera hecho. Te hubiera pedido que no nos vayamos, aun sabiendo que teníamos que irnos. Lo hubiera pedido solamente. Lo hubiera dicho. Decir las cosas es, a veces, suficiente.

Son las 23:25. Sigo caminando, imaginando que tú también me piensas. Aferrándome a la idea en que quizás en tu cabeza puedes encontrarme. Me pregunto si quizás en el futuro caminemos juntos por algún motivo extraño. Ahora han sido sólo días, pero los días se harán semanas, y las semanas se harán meses hasta que un día ya no te piense así como ahora. Quizás nos crucemos por casualidad y finjamos que no nos vimos. Quizás un día te acuerdes de mis brazos en los que podía escribir palabras con los dedos, o quizás te acuerdes de mí cuando veas una araña o una inflorecencia.

Olvidé cargar mi celular hoy; y a las 23:40, la batería está a punto de morir.
Miro el porcentaje de carga y sonrío un poco con ironía sólo para engañar a mi corazón triste.

8% es lo que queda de batería. 8% queda de tí en mi pecho. Entonces activo el "modo de ahorro de energía" sólo para ganar más tiempo. Para no perderte tan rápido. Para que me dures un rato más.

Ahora dime, ¿tú sientes acaso lo mismo?

Te extraño, cejitas, y no sirve que se lo diga a todo el mundo si no te lo digo a ti.

26 ago 2016

Misiva



Querido Milo,

He buscado escribirte desde hace varios días. Quizás fueron un par de semanas, para ser honesto. La verdad es que no encontraba un buen motivo para hacerlo sin parecer alguien con “ese” tipo de intenciones. ¿Me entiendes?

Estaba pensando en una excusa, hasta que recibí tu mensaje. Me tomó por sorpresa ya que estaba en el trabajo; sin embargo, me alegra mucho ya que también necesitaba hablar y estoy harto de hablarle a la misma gente. Todos conocen de mí cosas inexactas y ambiguas, y siento que cuando me miran, pueden leerme como en uno de esos libros de muestra que ponen en los supermercados porque alguien rompió el empaque para ver el contenido y no quiso pagar por él. No te asustes. A veces hago esto, mis ejemplos son poco comunes. Si me escribiste porque tienes intenciones de ser mi amigo y quedarte, te darás cuenta. Eso te advierto.

Bueno, esta semana me preguntaba el porqué de las personas que me buscan cuando tienen problemas. Me buscan para pedirme consejos aún sin ser mis amigos. No lo entiendo, y a veces es molesto. Es algo que me toma por sorpresa también, como si yo no tuviera ya muchas cosas con las que lidiar. Digo esto con una sonrisa de burla. Pensando en los porqués, se me ha ocurrido un sinfín de posibles motivos, si puedo decirte. Ninguno es convincente, de hecho. Pero, algo es algo, ¿no? Sinceramente, lo mejor que he pensado es algo que tiene que ver con lo viejo que me veo o mi signo zodiacal. Seguro proyecto una imagen confiable y amigable, de alguien con experiencia en resolución de conflictos. Já, me vuelvo a reír.

Estoy echándolo a perder, ¿no? No quiero que por esto creas que debes echar lejos tus ganas de confiar en mí, si las tienes. A pesar de todo, siempre he creído en la bondad de los extraños, y en el momento en el que te vi ahí parado hablando con la chica de las rosas, tan despreocupado, con tus zapatos brillantes y tus jeans negros pensé que quizás eras bueno. No me preguntes cómo unos jeans o unos zapatos podrían decirme algo de ti. No lo sé, pero también movías las manos y mirabas hacia a mí y al grupo de vez en cuando. Bueno, lo mejor es que sólo aceptes como un hecho el que tengo el súper poder de ver algo especial en algunas personas. Sólo imagina eso. Soy alguien muy perceptivo.

¿Sabes algo? En otro momento de mi vida te hubiera preguntado cómo conseguiste adivinar mis gustos musicales con tanta precisión. Eso me sorprendió. Ahora me conformo con la respuesta que inventaste. No me odies, pero sé cuándo me mienten también. Aun así, estoy impresionado, y creo que por eso voy a ayudarte; pero antes de eso, vas a tener que ser mi amigo y escucharme también. Una por otra. Es justo, ¿no?

No es por alardear, pero lo que te está pasando, me ha pasado ya. Ya dicen que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Soy viejo.

Antes de comenzar y brindarte mi ayuda, empero, quiero que leas un poco sobre Damien Rice y Lisa Hannigan. Quizás te preguntes quiénes son ellos o qué tienen ellos que ver con todo esto. No obstante, déjame decirte que cuando te vea lo próxima vez, sabrás que era de suma importancia. Ahora, haz tu tarea, y te veo el domingo. Trae Pringles de Sour Cream and Onion, que son mis favoritos.

Un abrazo,

Gus

14 jul 2016

Morir (fragmento)

No quisiera morir nunca. A veces cuando estoy solo imagino cómo se vería mi habitación si yo muriera. La imagino sin mí en ella, la imagino ocupada por alguien más, o llena de cosas mías que se llenarían de polvo y ácaros porque nadie querría entrar siquiera a limpiar por pena. Me gusta mi cama con la cabecera negra y mis fotos en la puerta del armario. Cuando veo las sonrisas, sonrío. A veces me siento triste al verlas, pero no está mal, porque en serio he tenido momentos en los que no he sentido nada, y sentir tristeza, te aseguro, es mejor a no sentir nada. Entonces pienso, y vuelvo a ver las fotos. Las puse ahí hace poco. No quiero que en algún momento alguien las quite. Tampoco quiero que alguien las vea y sienta pena. No quiero que mis libros se apolillen y mi ropa se haga vieja ahí colgada. No quisiera morir nunca.
Siempre pienso en la muerte cuando estoy solo. ¿Tú no? Podría pelear con mi madre en la mañana porque no quise tomar el jugo de papaya del desayuno y salir sin despedirme. Podría morir camino al trabajo atropellado por alguien que se pasó la luz roja, podrían dispararme en la cabeza por oponer resistencia a un robo, o podría morir entre los fierros retorcidos de un taxi que se estrelló en el túnel que pasa por debajo del óvalo Higuereta o el corredor de Evitamiento.
Si yo muriera ahora, sin embargo, dejaría a mi madre sola y es lo único que ocupa mi mente siempre que pienso en la muerte. Antes solía pensar en que si mi madre muriera, yo no lo soportaría. Temía, de pequeño, tan solo concebir tan horrenda idea, desechando de inmediato tal pensamiento como lo más aberrante que mi mente podía imaginar. Tenía miedo, moría de miedo. Mi madre tenía que morir después que yo. Así debía ser. Sin embargo, ahora de adulto pienso distinto, y en mi cabeza no puedo concebir la imagen de dejarla sola.
Existe un orden natural de las cosas. Los hijos entierran a sus padres, no los padres a los hijos. Así es como debe de ser. Así ha sido siempre. Hace un par de meses, mi abuela falleció. Yo estaba en casa cuando mi mamá recibió la noticia por teléfono. La abracé mientras ella lloraba. Me sentí miserable, insignificante y sin palabras al lado de ella. No podía hacer nada, solo abrazarla, y mi abrazo no era suficiente para aliviar el dolor. Mi abrazo era todo lo que yo tenía, y no servía. Me sentí desgraciado. Mi madre es lo único que tengo y tendré jamás. Ella tiene cuatro hijos. Quizás si los cuatro la hubiéramos abrazado a la vez en ese momento, hubiéramos hecho la diferencia. Quizás hubiera sumado, quizás hubiera significado algo fuerte. Quizás no.
(Continúa)